LUCHA Y TINTA LIBRE
Hidalgo y el arte del pancracio
La lucha libre hidalguense: un territorio donde la historia todavía se escribe sobre la lona
Por Arturo Cruz Flores

Hay historias que no necesitan presentación.
Basta escuchar el sonido de las tres cuerdas, sentir el golpe seco de las botas sobre la lona y observar cómo una máscara aparece entre las luces para entender que estamos frente a algo mucho más grande que un espectáculo.
La lucha libre hidalguense es eso: historia, tradición, identidad, esfuerzo, pasión y futuro.
Hablar de la lucha libre en Hidalgo es hablar de generaciones enteras que han encontrado en el cuadrilátero una forma de vida.
Es recordar a quienes abrieron camino, a quienes llenaron arenas, a quienes entregaron el cuerpo en cada llave y a quienes, desde una esquina, una taquilla, una mesa de prensa, una cámara fotográfica o un micrófono, han contribuido a mantener encendida esta pasión.

Y si existe un lugar que simboliza buena parte de esa memoria, es la Arena Afición de Pachuca.
Inaugurada el 31 de enero de 1952, la Arena Afición se convirtió en uno de los grandes templos de la lucha libre en Hidalgo.
Por su cuadrilátero desfilaron figuras nacionales y locales, mientras generaciones de aficionados aprendieron ahí la diferencia entre un rudo y un técnico, entre una caída y una rendición, entre una máscara y una identidad.
Pero hay algo todavía más importante: la lucha libre hidalguense no vive únicamente de su pasado.
Ese es, quizá, uno de sus mayores valores.
Hoy existen promotores, empresas, arenas, escuelas, réferis, anunciadores, fotógrafos, periodistas y, sobre todo, luchadores que continúan construyendo una escena propia.

Pachuca, Tulancingo y diferentes municipios del estado mantienen vivo un circuito donde conviven estilos, generaciones y propuestas.
Empresas como Lucha Libre Vanguardia, IRC Producciones, Luchas Libres, DTU, Luchando Libre, Attack Lucha Libre, Sakura y diferentes promotoras independientes han demostrado que existe talento suficiente para construir historias propias y ofrecer alternativas al público.
Y aquí aparece otro aspecto que merece reconocimiento: el luchador hidalguense ya no tiene que esperar a que alguien venga a descubrirlo.
Hoy puede construir su propio camino.
Entrenar, competir, conquistar campeonatos, viajar, representar a Hidalgo fuera del estado y, en algunos casos, cruzar fronteras.
La historia reciente demuestra que el talento nacido o desarrollado en Pachuca puede presentarse en escenarios nacionales e internacionales. Alpha Wolf y Dragón Bane son un ejemplo documentado de luchadores surgidos de la escena pachuqueña que han llevado su carrera fuera de México.
Eso debe decirnos algo.
Hidalgo tiene talento.
Y tiene algo todavía más difícil de fabricar: identidad luchística.
Porque el público hidalguense también forma parte de esta historia.
Es un público que conoce.
Que recuerda.
Que compara.
Que exige.
En Pachuca, la afición ha sido descrita durante años como una de las más conocedoras y exigentes, una característica que obliga a los protagonistas del espectáculo a entregar algo más que simples movimientos sobre el ring.

Aquí una entrada espectacular puede provocar aplausos.
Una buena llave puede arrancar reconocimiento.
Una rivalidad bien construida puede incendiar una arena.
Y una lucha memorable puede permanecer durante años en la conversación de los aficionados.
Eso también es cultura.
Porque la lucha libre tiene la extraordinaria capacidad de reunir a generaciones.
El abuelo que recuerda al Santo.
El padre que creció viendo a Blue Demon, Canek o Mil Máscaras.
El joven que descubre hoy a un nuevo ídolo.
Y el niño que llega por primera vez a una arena con los ojos abiertos, mirando las máscaras, las capas y el cuadrilátero, sin saber todavía que quizá acaba de comenzar una relación que puede acompañarlo durante toda su vida.
La lucha libre también genera comunidad.
Alrededor de una función están los vendedores, taquilleros, réferis, anunciadores, fotógrafos, camarógrafos, periodistas, promotores, entrenadores y aficionados. Todos forman parte de una maquinaria que pocas veces aparece en la fotografía principal, pero sin la cual la función simplemente no existiría.
Y aquí quiero detenerme en un punto que considero fundamental:
la lucha libre también necesita memoria.
Por eso el periodismo especializado tiene una responsabilidad enorme.
No basta con publicar quién ganó y quién perdió.
Hay que contar quién era ese luchador.
De dónde viene.
Quién lo entrenó.
Qué significa su personaje.
Qué rivalidad está construyéndose.
Qué campeonato representa.
Qué historia existe detrás de una máscara.
Qué significa para una familia que uno de sus integrantes se convierta en luchador.
Porque dentro de veinte, treinta o cincuenta años, los resultados serán estadísticas; pero las historias serán memoria.
Y ahí está la importancia de escribir.
La tinta también lucha.
Cada crónica, cada entrevista, cada fotografía y cada reportaje se convierte en un pequeño archivo de nuestra época.
Por eso esta columna lleva precisamente este nombre:
Lucha y Tinta Libre.
Porque mientras unos escriben la historia sobre la lona, otros tenemos la responsabilidad de escribirla desde la página.
La lucha libre hidalguense tiene pasado.

Tiene presente.
Pero, sobre todo, tiene futuro.
Hay nuevas generaciones entrenando.
Hay jóvenes construyendo personajes.
Hay empresas buscando nuevos caminos.
Hay aficionados heredando la pasión.
Hay fotógrafos capturando el instante.

Hay periodistas contando las historias.
Y hay arenas que todavía esperan escuchar el grito del público cuando un luchador sube al esquinero y se prepara para lanzarse al vacío.
Ese sonido es una señal de vida.
Mientras exista alguien dispuesto a subir al ring, alguien dispuesto a pagar un boleto para verlo y alguien dispuesto a contar su historia, la lucha libre hidalguense seguirá viva.
Y quizá esa sea la mayor victoria de todas.
No ganar un campeonato.
No conquistar una cabellera.
No conseguir una máscara.
Sino lograr que, generación tras generación, alguien vuelva a decir:
“Vamos a la lucha.”
Entonces las luces se encienden.

Suena la música.
El réferi ocupa su lugar.
El público comienza a gritar.
Y la historia vuelve a comenzar.
Porque en Hidalgo, la lucha libre no solamente se observa.

Se vive.
Se hereda.
Se recuerda.
Y también se escribe.
Esto es Lucha y Tinta Libre.







